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Reunió a 500 mil jóvenes durante tres días en 1969 y se convirtió en leyenda

Por Matías Bauso

El 15, 16 y 17 de agosto de 1969  se realizó el mítico festival de Woodstock. 500 mil personas llegaron hasta la finca de Max Yasgur, ubicada en White Lake, Bethel, Nueva York, a 70 kilómetros de Woodstock para “3 días de Paz y Música”

El Festival de Woodstock no tuvo lugar en Woodstock. Esa no es la única paradoja. El evento que definió a una generación fue un estertor del movimiento hippie, una de sus últimas manifestaciones. Pero fue la más visible, masiva, significativa y definitoria.

Hace 50 años comenzaba un festival de música que quedaría en la historia. No por el elenco de los músicos participantes, ni (mucho menos) por su majestuosidad logística. Quinientas mil personas convivieron al ritmo de la música, las drogas, el amor libre.

Todo empezó cuando Michael Lang le propuso a Artie Kornfeld, ejecutivo de una discográfica, montar un estudio de grabación en la localidad de Woodstock, cerca de Nueva York. La idea de Michael Lang se basaba en que en esa zona residían algunas súper estrellas como Bob Dylan, The Band, Van Morrison y Tim Hardin.

Entre otras opciones que barajaron -representar artistas, producir discos- a Lang, el más joven, se le ocurrió organizar un gran festival, en el que convocaran a los más importantes músicos del momento. Él ya había participado en el Miami Pop Festival. El antecedente más recordado y exitoso había tenido lugar dos años antes, el Monterrey Pop Festival que había convocado a 35 mil personas. Sobre esa idea se pusieron a trabajar.

El campo quedaba muy cerca de Woodstock, en Wallkill y pertenecía a Alexander Tapooz, un lugareño que llegó a un acuerdo con los empresarios muy rápidamente. Varias decenas de miles de dólares por sólo tres días de uso de su propiedad parecía un negocio espléndido.

La leyenda agrega otro dato de color: uno de esos “hippies del festival” sedujo a la hija del intendente local. El Consejo de Representantes del pueblo se reunió. A ninguno le interesó el negocio que pudiera hacer Tapooz ni algunos otros comerciantes de la zona, temían ser arrasados por esos jóvenes que representaban los valores contrarios a su puritana y apocada vida. Wallkill rechazó al festival.

Los organizadores lograron alquilar la finca por 75 mil dólares. Esperaban 50 mil personas. Llegaron 500 mil para vivir su festival de música y libertad

Contrataron a un catering sin demasiada experiencia pero con la voluntad de preparar hamburguesas y salchichas para la multitud. Lo que no sabían era que los vendedores al finalizar la primera noche cambiarían la comida por drogas

Los afiches del festival aparecían por todos lados. La imagen ya es icónica. El brazo de una guitarra, un pájaro posado sobre ella, los colores vivos, el anuncio de los “3 días de Paz y Música” ocupando gran parte del espacio, los artistas en letra muy pequeña, los días (15, 16 y 17 de agosto) y un slogan encabezando que fue olvidado con el tiempo: Una exposición de Acuario, que hacía referencia a la Era de Acuario del musical Hair. Las entradas se vendían a 7 dólares por día, o 13 dólares por dos días, o 18 dólares por los tres. Se vendieron decenas de miles.El festival de Woodstock se había convertido en un suceso nacional, en un hecho generacional.

La contratación de los artistas fue progresiva. El elenco fue ecléctico. Los empresarios se impusieron un límite de 15 mil dólares de honorarios. El único que superó esa frontera fue Jimi Hendrix que recibió el doble pero con la condición que tocara dos veces (evento que no sucedió). Janis Jopin, Creedence, Santana, Grateful Dead, Joe Cocker, Joan Baez, Tim Hardin, The Band y Jefferson Airplane fueron alguno de los 32 artistas contratados.

La basura se empezó a acumular así que en esa primera madrugada hubo que despertar a los que dormían cerca del escenario (unos cuantos miles) para poder sacarla del lugar, la comida y el agua empezaron a escasear cuando faltaba todavía casi el setenta por ciento del festival

El día jueves por primera vez se tuvo noción de lo que sucedería en las horas posteriores. La gente llegaba con su pequeñas carpas, bolsas de dormir o sin nada de eso a quedarse todo el fin de semana. El ingreso se hizo imposible de controlar. Derribaron las barreras de contención, nadie controlaba las entradas. De facto, Woodstock se convirtió en un evento gratuito. Todos entraban.

El día de inicio, el viernes 15 de agosto de 1969, la ruta de acceso colapsó. El tránsito se detuvo. Al principio del día los conductores tardaron casi 10 horas para hacer los 10 kilómetros finales. Luego, ya nadie avanzaría. Los autos fueron dejados a los dos costados de la ruta y después sobre la ruta misma. Más de 40 kilómetros de cola. A nadie pareció importarle. El público cantaba y bailaba empujada por la música que salía de los autos, las drogas y el espíritu de época.

El atasco impedía que llegaran los artistas que estaban alojados en un Holliday Inn en los afueras del pueblo. El grupo que estaba programado para iniciar el festival era Sweetwater pero sus integrantes no podían llegar al lugar. Los organizadores debieron salir a buscar helicópteros

Las noticias de lo que estaba sucediendo en Woodstock llegaron a todo el país. El New York Times habló de “Una pesadilla” y comparó a los cientos de miles de asistentes con “lemmings que se dirigen hacia el mar a encontrar su muerte”

Al avanzar la noche, los músicos fueron arribando y se normalizó la programación. Uno de los puntos altos de ese día fue la actuación de una Joan Baez embarazada que cautivó con su voz y sus canciones aguerridas.

Los médicos del lugar no daban abasto para atender las urgencias. No se trataba sólo de un problema de cantidad. Los médicos del pueblo no estaban acostumbrados a tratar pacientes con sobredosis o alucinando por el ácido.

En esos tres días hubo dos nacimientos y tres muertes. Dos por sobredosis y una provocada por un tractor que arrolló a un joven que dormía en el suelo. Las drogas corrían libremente pero su cantidad y calidad nadie las controlaba. Píldoras, marihuana, LSD, cocaína y hasta heroína. Algunos mezclaban todas las que podían.

La paranoia se instaló cuando alguien desde el escenario alertó: “Tengan cuidado con el ácido verde”. El rumor indicaba que estaba envenenado. El problema: circulaban ácidos de una gama de al menos veinte verdes.

El estado proporcionó comida, agua, montó tiendas de campañas médicas y proveyó servicios de emergencias para asegurarse la subsistencia de esas 500 mil personas

Las noticias de lo que estaba sucediendo en Woodstock llegaron a todo el país. El New York Times habló de “Una pesadilla” y comparó a los cientos de miles de asistentes con “lemmings que se dirigen hacia el mar a encontrar su muerte”. El gobernador Rockefeller declaró a ese sitio como “Zona de Desastre”.

La música seguía. La del sábado fue la noche de The Who y su gran actuación y también la de Santana y Joe Cocker que deslumbraron con sus apariciones. Cocker abrió el día. Al finalizar su presentación, unas nubes negras cubrieron el cielo. Empezó a llover. Las gotas tenían el tamaño de pelotas de golf. Se desató un temporal. Los plomos corrían a tapar los equipos, desde el escenario pedían a las decenas de personas que estaban colgadas de las columnas que se bajaran de ellas (si alguna caía los muertos se contarían de a cientos). El viento era arrasador. Las carpas volaban sin control. Las actuaciones se suspendieron pero nadie se movió de su lugar. Cuando el temporal amainó, la música continuó. La gente permaneció sentada en un lodazal. Probablemente el más grande y célebre lodazal de la historia.

El barro se convirtió en un evento más. Carreras de deslizamiento, otra excusa más para la desnudez, para la celebración de la libertad.

El domingo, el último día, fue el de Jimi Hendrix. Fue la última actuación. Su versión del himno de Estados Unidos, Star spangled banner, fue, tal vez, el tema más célebre del festival. Paradójicamente fue el que menos público tuvo. Ya había amanecido el lunes, eran cerca de las 6 de la mañana y sólo quedaban 40 mil personas.

 

A las 10 de la mañana de ese lunes los cuatro organizadores tuvieron que acudir a una reunión en Wall Street. El banco quería saber cómo pagarían sus deudas. El recital había resultado un éxito pero en el medio se convirtió en gratuito y ellos no sabían los juicios que debían afrontar de los que habían pagado las entradas y de los que habían sufrido daños. El quebranto parecía inevitable. Pero les quedaba una carta en la manga. La película del festival producida por la Warner y ganadora del Oscar al mejor documental no sólo los salvaría económicamente sino que ayudaría a perpetuar la leyenda de Woodstock.

Fuente-Infobae