Por Lucrecia Casemajor

De todas las definiciones de identidad que proponen las diferentes disciplinas, la que más me gusta es la de las matemáticas que dice “es una igualdad que permanece verdadera, independientemente de los valores de las variables”.

La identidad es mi corporeidad expresada a través del pensamiento, los latidos y el movimiento de la voluntad, que se asumen desde una conciencia que, a su vez, busca al otro. Es lo que me funda y me constituye. Es ser quien soy siempre igual a mí misma y es permanecer siempre verdadera en mí misma, independientemente de los valores de todas las variables a las que estoy sometida a diario. Es el centro de mi ser real, en cuerpo, alma y espíritu.

Cada ser posee y reconstruye su propia identidad real, densa y consistente. Cada ser es en sí mismo una identidad única, con un ADN único e irrepetible y huellas digitales únicas. La identidad es lo que me hace un ser de trascendencia porque se asienta en ese camino que siempre cobra sentido en mi propia vida, a través de lo que mi conciencia discierne y desarrolla en pos de la comunicación con los otros.

Sin duda, es aquello que me hace fiel a mí misma, aunque vengan degollando. Es el centro donde confluye todo mi ser persona que se relaciona y vincula con un otro y los otros. Y a partir de ahí, se darán todas las otras definiciones de las disciplinas como la filosofía, la antropología, la sociología, la cultura, la psicología o la política y otras. Porque la identidad es algo que ancla en lo personal pero que va en búsqueda del encuentro con el otro. Es ser con otros.

A veces, nos sucede que ejercemos la identidad desde el discurso, siempre plagado de palabras de moda o intelectualismos creídos de identidad propia. Pero, ¿quién se hace cargo de ser esa persona que marca un pulso único, diferente y complejo con su identidad? ¿Cómo ejercer con osadía desde mi identidad este ser parte y pertenecer a una sociedad, una cultura, un grupo de ideas o creencias? ¿Qué preguntas me hago y cómo me conozco para pertenecer desde esa idea de mí en la que tengo que sostenerme más allá de lo que me inunda desde afuera?

Las más de las veces, nos dejamos empujar por tendencias carentes de toda identidad real. Históricamente miramos las modas de pensamiento que nos llenan de falsos motivos para ser quienes somos. Crisol de razas, nos dijeron. Y ahí es donde talla la pertenencia.

Hay quienes por pertenecer –por sentirse parte de algo, por adquirir prestigio o un lugar donde soportar la existencia– se afilian a ideas, partidos políticos, grupos religiosos, movimientos sociales, o se adhieren a la tarjeta dorada que los diferencie, sin haber pasado previamente por su propia persona, en un conocimiento real y profundo de sí mismo y en toda su integralidad. En esto, cuadra la manipulación de mentes y conciencias de quienes a sabiendas de las debilidades de la condición humana –sobre todo de las personas jóvenes que van detrás de ideales que las diferencien y sostengan– tratan de incorporarlas al montón para que hagan bulto para sus propios intereses.

Identidad y pertenencia, que se conjugan para hacernos ciertos, veraces y libres, para ejercer a la luz de todos los días, la dignidad que me es propia y también única. Si sumo mi identidad –allí donde esté– al mundo de la pertenencia común, para el bien común, habré ingresado como gota única en el océano de la humanidad que reclama día a día hacerse más y más humana. Pertenecer es ser parte siempre de algo mejor.