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OXFAM: “La pobreza es una epidemia que afecta a millones de personas en nuestro planeta. En el mundo, 1.400 millones de personas sufren pobreza extrema y casi 900 millones sufren hambre, no tienen acceso al agua potable  y a otros servicios básicos como la salud y la educación”.

Hablamos de pobreza crónica o estructural bajo tecnicismos estadísticos y sociológicos. Hablamos de “la pobreza”, como si decirlo de esta manera nos permitiera sacarle los rostros. Y la realidad es que, en octubre pasado, el INDEC confirmó que en el primer semestre de 2019 la pobreza llegó al 35,4%, con 4 millones de nuevos pobres en un año y las principales características de la pobreza crónica en la Argentina, muestran que el 47,9% son niños menores de 15 años. La pobreza son varios millones de rostros concretos, que tienen nombre y apellido. En todo caso, uno por uno está en condición de pobreza o indigencia.

Ellos y ellas, los niños y las niñas pobres, las cartoneras, los trapitos, las hurgadoras de basura, los descartados y las desechables –y los poseedores de la inmensidad de las periferias que se suman por ser personas trans, drogadictos, ancianos– siempre fueron visibles aunque nos quieran hacer creer que hay que visibilizarlos. Los que no los vieron antes, es porque dieron vuelta la cara. No hay verbo visibilizar que alcance.

Todos estuvieron, están y seguirán estando ahí, no para “visibilizarlos” y volver a casa conformes con nosotros mismos por haber discurseado, sino para acompañarlos en sus realidades, para darles de comer y recuperarles su dignidad como personas. Porque una sociedad que no se ocupa de los más débiles, es una sociedad que ha perdido el valor de la vida y tira a la basura a millones de personas.

Estamos acostumbrándonos fácilmente a que los vocablos de los discursos estereotipados de moda se nos metan por la ventana y se conviertan en sigilosos vigilantes de lo que no hay que decir y de lo que no se debe ver.

Hemos naturalizado la pobreza poniendo de moda pantalones rotos y carísimos, a los que han osado hasta ponerles strass. Como si el brillo glamouroso pudiera ocultar a la mirada la irreductible visión de una pobreza que desde siempre se tuvo que calzar jeans rotos.