Silopatía social

Hay un término que me regalaron las personas que trabajan en Integrabilidad del gobierno de Neuquén. Y por eso, siento que les debo, no sólo algo de lo que ellos pudieron transmitirme de todo lo que desarrollan, sino la extensión de ese saber aplicado a la realidad.
Ellos me hablaron una vez de “silopatía” y no termino de encontrar ese neologismo en ningún lado, san google mediante. Pero me es familiar, y tan gráfico, porque en mi infancia llena de campo jugaba al circo con mi bicicleta dentro de los silos cuando estaban vacíos. Y mi pueblo sólo era pueblo porque tenía silos para almacenar cereales que luego se llevaba el tren. Aún guardo el olor de esos cereales, distinguiéndolos uno a uno por el peculiar aroma del polvillo que desprendían al salir por la boca del sinfín y caer dentro del silo.
En los silos se guarda a granel. Para eso sirven. Para conservar en buen estado las buenas semillas. Así en cada uno de nosotros, la memoria guarda a granel muchas cosas. La historia propia, la de otros y la que me contaron los libros, los conocimientos adquiridos, los paisajes como fotografías que no hice, el video de algunas situaciones clave, los ideales de quienes me preceden y los hice míos, mis reflexiones y disquisiciones, los mandatos y las creencias que heredé. En grandes o pequeños silos, nuestra memoria y nuestros conocimientos atesoran nuestras cosechas, que sirven si van a ser sembradas en terreno fértil y dar fruto, para una nueva cosecha.
La silopatía es justamente lo contrario. Es estar enfermo de guardarme a granel mis conocimientos, lo que me parece que me pertenece, lo que creo me está dado porque me lo gané, porque me costó trabajo y es sólo mío. Es estar enfermo de egoísmo y de verdades únicas. Es creer que si me lo guardo tengo poder. Es creer que si me planto en ese lugar, dentro de las murallas de mi silo, voy a defender mejor mis ideales.
La silopatía es creer que puedo solo, que con lo mío me basta. Que lo que obtuve en mi silo fue creación propia. Que no hace falta compartirlo. Que ya me va a servir para algo cuando yo lo disponga. Que la administración de mi silo sólo depende de mí.
La silopatía es no ver que ese trabajo almacenado tiene que fructificar para muchos. Y es no reconocer que mi silo será exponencialmente más grande cuando se sume al silo de otro y al de otro, y al de otros. Porque tanto el conocimiento como la memoria no son de una persona en particular sino la gran posibilidad de todos y para todos. Lo que yo conozco será mejor si lo depuro en el manantial del encuentro con el saber del otro.
Famosa la parábola «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”.
Silopatía es dividirnos y restarnos. Es hablar desde la cultura del corte y pegue porque estamos apurados. Es no reflexionar juntos sobre nuestros problemas comunes. Es querer tener el control de las ideas de los otros. Es mentirnos y mentir que podemos vivir sin sacralizar la vida que tenemos y la de los otros. Silopatía es seguir caminando al filo de las ideologías compradas sin empezar por ejercer el respeto a la dignidad de todo ser humano.

 

 

La silopatía que estamos padeciendo en muchos niveles y lugares de nuestra vida común, es absolutamente lo contrario a la sabiduría, que se forja con la memoria y el conocimiento progresivo de los pueblos que se ponen en pie para amar más al próximo.
Sabiduría es crecer en consciencia de que nuestra deteriorada humanidad está pidiendo a gritos que salgamos de nuestros silos para empezar a tejer verdaderos vínculos de unidad en la diversidad, para encarar el ejercicio del respeto en una escucha que preceda a nuestros prejuicios, para hacer lugar al otro permitiéndole demostrar que es inocente.
Salgamos del silo propio para compartir e intercambiar las semillas del conocimiento y la sabiduría y extender las redes que permitan habitar un nuevo tiempo.
Agradezco a Rodolfo, Virginia, Eric, Gervasi, Florencia y Gustavo por adentrarme en estos terrenos de la silopatía, una enfermedad que no figura entre las patologías conocidas científicamente, pero sí en el inventario actual de nuestras enfermedades sociales y culturales.